Autor: Oscar López Garzón
Historias de un volcán, reportajes de grandes fiestas, fotografías de hermosas y antiguas estructuras, era hasta entonces lo único que conocía de esta ciudad.
Era sábado por la mañana y ahí estaba yo: cargado mi mochila, con una cámara en el cuello y el celular en la mano; de pronto alcancé a oír a un controlador que gritaba ¡a Latacunga! ¡a Latacunga! De inmediato me acerqué al andén y me subí al bus
Cuando cogí mi asiento junto a la venta, recordé que me habían dicho, que el viaje duraba alrededor de 2 horas; así que me puse cómodo y miré el reloj para saber a qué hora iba a llegar. Estaba tranquilo porque, según tenía entendido esta ciudad no era muy grande así que, pensé que no me tomaría mucho tiempo en recorrerla. El bus empezó su trayecto y yo me puse a ver el paisaje por la ventana y comencé a recordar todas las historias que me habían contado y que había leído en un blog de Carlos Sandoval -un joven historiador latacungueño-. Historias de: mujeres y hombres aguerridos, fiestas llenas de colores, baile y trago, de grandes y antiguos molinos y de un volcán al que le llaman “El taita Cotopaxi”; y estas acompañadas de las fotografías que había visto en una página de facebook -La Tacvnga creo que se llamaba-. Crearon en mí un gran interés por conocer está ciudad.
El día estaba bastante bueno, pues hacía sol y el cielo estaba despejado. Todo se prestaba para sacar buenas fotografías.
Hasta ese lapso del viaje el camino me parecía monótono. -vaca, árbol; árbol, vaca-. Nada diferente de lo que ya había visto; hasta que se me presentó el gran volcán: ¡era inmenso! Lleno de nieve, con una falda impresiónate y una vegetación que se postraba ante él –me quedé sin palabras, solo me quedó verlo-. En ese instante, entendí por qué le decían “El taita Cotopaxi”.
Con esa impresión llegué al terminal de Latacunga. Me bajé del bus estiré las piernas y comencé a buscar a quien podía preguntarle; los lugares que podía visitar. Al cansé a ver a un señor que tenía uniforme como de militar -pero este era todo azul-. Este señor era medio alto, de rostro serio, no tan viejo, me trasmitió confianza así que le pregunté a donde podía ir. Este me dijo que empezara visitando la estación del tren que estaba cerca del terminal. Mientras me dirigía a este lugar pude ver una gran cantidad de comerciantes informales en la calle -no sabía por qué, tampoco me interesé en saberlo- llegué a la estación del tren estaba abierta, así que entré tome unas fotos y me detuve a leer unos cuadros que contaban la historia de la ciudad -fue una buena primera impresión-. De igual forma le pregunté al guardia de la estación y me dijo varios lugares más. Así que agarré mis cosas y me puse a caminar. Llegué a un mercado que tenía un nombre muy curioso; pues se llamaba “el Salto”; se me hacia raro no entendía; en realidad no entendía muchas cosas de esta ciudad. Entré al mercado para probar la famosa chugchura, las señoras que me atendieron eran muy amables y hasta piropos me decían. Me gustó el lugar. Ya comido, seguí recorriendo hasta llegar al centro de la ciudad. Hacia mucho sol así que decidí sentarme bajo la sombra de un árbol en el parque central que se llamaba Vicente León -según la gente, en honor al personaje más representativo de la ciudad-. Mientras descansaba veía el gran edificio municipal, era otra cosa impresiónate, ya casi 200 años de vida y su fachada se mantenía como si lo hubiesen hecho ayer. Absolutamente todo corroboraba con las historias, reportajes, fotografías que había visto. Era una ciudad increíble con gente amable, lindo paisaje y ambiente tranquilo. Todo lo que una persona desea tener. Otra cosa que me gustó es que los monumentos, iglesias y demás tenías escritos que de apoco construían la historia de la ciudad.
Estuve tan equivocado al pensar que podía recorrer todo este tesoro cultural en un día. Y pague mi error quedándome a dormir. Fui a un hotel a rentar una habitación, donde el dueño también me contó otra historia. Tenía tanta información en la cabeza que no sabía si la ciudad de Latacunga era real o un mito.
En mi cabeza rondaban las inquietudes. Pues no podía comprender ¿Cómo una ciudad logro sobrevivir a una erupción de unos de los volcanes activos más grandes del mundo? Díganme ustedes: ¿habrían pensado que eso fuese posible? Para mí esto era como los cuentos que me contaba mi papá cuando era niño.
Aun así, sabiendo todo esto no me quedaba claro por qué le decían ¿la ciudad de fuego? A donde iba les preguntaba a los ciudadanos -que por cierto se les decía “mashcas”- Y no sé si sea costumbre aquí, pero todos evadían la pregunta y terminaban diciéndome lo orgullos que están de ser latacungueños o como ellos decían ¡orgullos de ser mashca pupos!
Al fin y acabo termine por darme la tarea de deducir el porqué de “Ciudad de fuego”, iba pensando mientras recorría el fantástico centro histórico que se veía aún más hermoso con toda su iluminación y tranquilidad. No les miento cuando les digo que estar aquí es como ser parte de un cuento.
Al día siguiente seguí recorriendo más lugares históricos, pero ya no me quedaba mucho tiempo. Me regresé al terminal para embarcarme de regreso a mi ciudad.
En el viaje de regreso no podía parar de pensar acerca de “Latacunga, la ciudad de fuego”, era lo único que estaba en mi cabeza. Cuando llegué a mi casa, mi mamá me preguntó como me fue, si me gustó la ciudad y si la pasé bien. Mi respuesta fue clara y concisa. Pues le dije: que fue uno de los mejores viajes que pude a ver hecho. Carlos Sandoval tenía razón al decir que, su ciudad estaba llena de misterios, de cosas hermosas, de gente buena y amable; pero más que todo que, era una ciudad que nunca se dejó vencer, que siempre mantiene encendida la luz de la libertad para mostrarle tanto al mashca como al extraño que Latacunga es un verdadero tesoro escondido.

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