"La Acampada "
- Quinto "B"
- 21 jul 2019
- 6 Min. de lectura

Carlos Campaña
Una experiencia nueva en mi vida: acampar por primera vez en el campo, al aire libre, es una sensación que tendré guardada siempre en mis recuerdos.
Sábado, Cinco de la mañana me levanté para partir hacia mi destino. Fui hacia el Terminal Quitumbe para subirme en el bus que me transportaría hacia Sigchos, un hermoso cantón que se encuentra en la provincia de Cotopaxi, a 139 kilómetros de Quito, casi son tres horas de viaje. En el centro de Sigchos vive mi abuelita Blanca Belaño, quien nos recibió a mi hermano y a mi primo. Nuestro destino no era su casa, sino era una montaña llamada Güingopana.
Enseguida salimos enseguida a buscar provisiones. A las ocho de la mañana compramos dulces, comida, agua; yo me encargaba de llevar salchichas, también buscamos trago en una licorería, ya que mi abuela, que es muy supersticiosa, nos dijo que llevara trago para que no nos dé mal aire cuando estemos arriba. Buscamos por todo lado pero no había, así que llevamos un vino de uva.
Partimos a las once de la mañana con la carpa, cobijas, todo listo para el viaje. Cogimos un carro de alquiler que nos dejara cerca de la montaña. Queríamos llegar al cerro Güingopana, un bonito lugar cerca de Sigchos. Cuando llegamos a las faldas de Güingopana, bajamos las mochilas y todos los implementos del carro, comenzamos a caminar antes de que oscurezca. Luego de una hora de caminata, lo primero que vimos fue unas rocas antropomorfas, en una se podría divisar el rostro de Atahualpa. Nos detuvimos para tomar fotos y descansar un poco, observar todo lo que recorrimos y lo que nos faltaba por recorrer.
Mi primo Holger, con quien fuimos a acampar, ya había ido a acampar una vez. Él fue quien nos llevó y nos había advertido que teníamos que llegar a la cima antes de las seis de la tarde, ya que a esa hora pasan toros de páramo y si nos encontraban, tal vez nos hubiera pasado algo. Lo más curioso de subir a la montaña fue que, a la mitad, encontramos una familia que estaba alejadas de la ciudad y vivía en ese espacio desolado, lejos de las comunidades a su alrededor. En una media agua, una señora vivía con sus tres hijos, dos perros, unas cinco ovejas. Nada más.
La señora, muy amable, nos brindó un vaso de colada caliente, que nosotros muy agradecidos la bebimos; nos preguntó qué hacíamos por esos lugares, le dijimos que íbamos a acampar en la montaña para poder hacer turismo, llevar a amigos, conocidos, y mostrarles las maravillas que tiene la sierra ecuatoriana.
La señora nos dijo que tengamos cuidado con los animales de páramo, más con los toros salvajes; también nos dijo que había caballos de páramo. Partimos del lugar despidiéndonos de la señora agradecidos. Los niños nos acompañaron con sus perros por un trecho, conversamos con ellos, les preguntamos qué cuántos años llevan viviendo en estos lugares ya que acá hace mucho frío. El mayor, un niño de unos nueve años, nos dijo que vivían aquí desde cuando era chiquito. Bueno al menos esa compañía nos fue bastante reconfortante.
Ellos regresaron a su casa, nosotros continuamos nuestro rumbo a la cima de la montaña, cada vez se volvía más pesada la subida, ya se sentía el frío; el viento que pasaba por el rostro se sentía más fuerte, como un choque. Todavía nos faltaban unas horas para llegar, era apenas las dos de la tarde. Al menos habíamos comido al salir de casa de mi abuelita. Poco a poco, mientras ascendíamos, la vista era cada vez más placentera, un paisaje maravilloso.
Al fin ya faltaba poco para llegar, observamos a lo lejos un grupo de toros salvajes, estaban unos descansando, otros comiendo, nos preguntábamos cómo podrán sobrevivir a estos fríos, pero ellos ya estarán acostumbrados a eso, al menos logramos pasar lejos de los toros sin problema.
A punto de llegar a la cima, vemos que mi hermano se había acercado un poco a los toros, a unos 30 pasos, solo para tomarles una foto, mi primo y yo estábamos ya a unos pasos para llegar y nos topamos con caballos de páramo, era una yegua y su hijo, bellos caballos: la madre tenía la tusa o pelo largo y liso, negra, su hijo también era perfecto, pequeño pero fuerte. Ambos nos estaban rodeando, tal vez pensaron que íbamos a hacerles daño, no lo sé, pero pasamos con tranquilidad. Mi hermano estaba subiendo pero, como le tenía miedo a los caballos, dejó de subir; nosotros ya estábamos en la cima, pero nosotros, cansados, tuvimos que volver a bajar para irlo a ver.
Al fin, ¡todos estábamos en la punta! ¡Llegamos! Nadie imaginan una vista tan espectacular, de verdad se veían las montañas como el Cotopaxi, los Ilinizas, el Quilotoa; también se podía observan la parte oeste, donde está la costa, aunque claro, no se vería nunca el mar. Había algunas rocas donde nos arriesgamos a escalar sin cuerda de seguridad ya que no la habíamos llevado, nos tomamos algunas fotos, comenzamos a armar la carpa, encendimos una fogata. Tuvimos que recoger un poco de paja seca, aunque estaba complicado encender pues el viento soplaba muy fuerte y se podía escuchar su canto. Al cabo de un rato, nos pusimos en la parte noroeste de la montaña, ya que si nos colocábamos en la parte sur donde el viento soplaba más fuerte, nos llevaba hacia el barranco. Una vez armamos todo, vimos cómo en la parte del valle, la parte baja de la montaña comenzaba a aparecer la neblina, tapó todo, menos donde nos encontrábamos.
La vista nocturna es aún más espectacular, es casi como estar viendo desde un avión, por encima de las nubes: un manto de ellas, un colchón de ellas. Eran las siete de la noche y aun el sol comenzaba de poco a poco a descender por el oeste.
Aparecían las primeras estrellas, el cielo despejado, ya a esas horas el viento era más fuerte y el frío más intenso. Teníamos hambre, así que en la fogata calentamos las salchichas, comimos los alimentos que nos habíamos llevado. Cuando comenzó a oscurecer y el manto de nubes parecía despejarse, vimos algunas luces a lo lejos. Era Sigchos, donde residía mi abuelita, aunque alcanzábamos a ver también veíamos otras poblaciones a su alrededor, las poblaciones que viajando en auto se demora, aproximadamente una media hasta una hora, pero desde arriba se podía ver como si estuvieran cerca.
Llamamos a mi abuelita a ver si nos ven, como llevamos una linterna grande la encendimos, haciendo señas, pero nos dijo que no podían divisar nada. Al menos lo intentamos, el frío ya se sentía más fuerte, así que ingresamos a la carpa, dentro comenzamos a contar historias de terror, después alguna que otra experiencia, tomamos un poco de vino, creo que bebimos como cuatro a cinco vasos, y el vino se enfrió, se heló totalmente. Ya no tomamos más, entre los tres teníamos que abrigarnos porque el frío parecía que ingresaba pensaba que nos íbamos a congelar. En toda la noche no alcanzamos a dormir, ya que cerrábamos los ojos por unos segundos y nos volvíamos a despertar, porque primero veíamos las llamas de la fogata que no apagamos, parecía que estaba muy latas que nos íbamos a quemar, pero cuando sacamos la cabeza era una fogata pequeña, así que nos volvimos a dormir un poco y así nos despertábamos a cada rato, otro era por el viento que se escuchaba como si estuviéramos alado de una cascada, sonaba muy fuerte. Así estábamos toda la noche.
El domingo a las seis de la mañana, recogimos todo para bajar e ir a la casa nuevamente, comenzamos a descender, aunque no nos demoramos mucho, pero si estábamos muy cansados y con frío, al bajar, nos estaba esperando el carro que habíamos contratado un día antes para ir a la montaña, en todo el viaje fuimos durmiendo.
Al llegar a casa de mi abuelita, estaban mi madre, mi padre, mi abuelita y mi abuelo, esperándonos, nos preguntaron que cómo nos fue, pero nosotros queríamos comer y dormir, nada más.
Una experiencia inolvidable. Quedamos en ir nuevamente, pero esta vez con más personas y con más provisiones. De retorno a Quito por la tarde, les conté a mis amigos esa experiencia. Al mostrarles las fotos para que se animaran y poderles llevar, me pidieron que les llevara en otra ocasión, para poder vivir y comenzar un nueva aventura.
Comments