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Kitu Underground

  • Foto del escritor: Quinto "B"
    Quinto "B"
  • 25 jul 2019
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 25 jul 2019

Por: Bryan Ayala


Sumario: Recopilación de las visitas a los puntos más inhóspitos y menos concurridos de la ciudad realizados en la semana de talleres optativos de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

Pensará usted, lector de este texto, que está mal escrito el título que antes leyó para llegar a estas palabras, pero debo decir que pensar eso es caer en un error. “Kitu” es el nombre que la actual capital del Ecuador poseía antes de que los conquistadores llegasen y lo modificaran en su lengua para hacerlo más fácil de digerir en sus sistemas. Este “Kitu” oculta tras la fachada de una ciudad moderna rostros y expresiones diferentes a lo convencional, los cuales provienen de sectores que suelen ser opacados, e incluso, rechazados por la sociedad. De ahí la palabra “underground”, vocablo anglicano que se refiere a todo aquello no conocido y, dada las circunstancias del mundo globalizado, resulta más fácil de entender cuando se lo menciona en público.

Lunes 27 de mayo del 2019, norte de la ciudad, 3:00pm de la tarde. Diego Velasco, profesor de la Facultad de Comunicación Social y creador del taller optativo al que me encuentro inscrito, al cual logré hacerlo en circunstancias que prefiero no recordar, nos encuentra en el patio de la Facso con su típico gorro beige para el sol, lentes no muy grandes, camisa a cuadros, zapatos gastados de tanto caminar y carpeta flaca de la Universidad para tomar asistencia. Tras una breve presentación y mientras acomoda su albo cabello, dice con una voz relajada que lo acompañemos al punto que dará inicio a una travesía a lo más recóndito de Quito.


“Kitu Milenario” es como el docente de adulta edad llama cariñosamente a este lugar al que tanto esfuerzo e investigación le ha dedicado. Me cuenta que la forma de vida de las culturas aborígenes han sido la inspiración que lo ha llevado a entregar toda una vida de estudio, todo para lograr que nuestros antepasados sean respetados y nunca olvidados. Llegamos entonces a “Casa Uvilla”, casa de carácter urbano de varios pisos cuyo aspecto no es precisamente el más apegado a la modernización, pero con tantos grafitis en cada una de sus paredes que da la impresión que no hace mucho tiene existencia. Este lugar se define como una contra al sistema establecido, trabajar comunitariamente y dejar de ser individualista en una sociedad donde prima el capital ante todo. Quienes se encargaron de hacer a “La Uvilla” cómo es ahora, son un colectivo de tipo “ocupa”, es decir, un grupo de personas que se asienta en un lugar abandonado rehabilitándolo de manera artesanal y buscando sustento a través de la venta de algún producto o servicio. En el caso de este lugar se realizan periódicamente “mercados de pulgas” en los cuales, al que venga, se le ofrecerán artesanías y alimentos caseros hechos con semillas y plantas nutricionales.

Generalmente quienes conforman estos colectivos son jóvenes, afines a una ideología más “rastafari” de vida y que no están de acuerdo con la manera en la que la vida se desenvuelve. Por eso están empeñados en darle una mano a la cara oculta de

la sociedad, ya que de ahí vienen. Y, bajo la bandera de una vida mucho más light y menos elitista, reforzar la parte humana del hombre.


Recorrer “La Uvilla es pasear por un laberinto de cemento y hierba del cual es fácil salir. En cada rincón aparece un grafiti, una persona caritativa, racimos de uvillas que fueron quienes le otorgaron el nombre al lugar, pero sobretodo se hallan historias de propios y extraños, pues esta casa se ha abierto al mundo y acoge a quienes compartan sus ideales o no.


Subimos a la terraza, y ante la imponente vista aparece una pregunta totalmente inesperada por parte de nuestro profesor:

- Haber, jóvenes futuros periodistas. ¿Quién puede ver al caimán?

- ¿Caimán, profe? Le respondemos colectivamente.

- Sí, de hecho son 2. Uno hembra y el otro macho, que están formados por las montañas y los arbolitos. En la mitad está El Batán, un sector muy importante. Por lo visto Daniel, (refiriéndose al guía del lugar) esta privilegiada vista y ubicación es otra razón por la que les quieren sacar de aquí..


Así como hay quienes se apropian bondadosamente de un lugar abandonado, surgen aquellos que buscarán quitárselo, ya que lo que antes era un sucio vestigio, hoy es un lugar rentable. Nos vamos de Casa Uvilla con la invitación a un pronto regreso y con la dirección del lugar a visitar el día de mañana.


Mientras mis pies rozan con el cemento de las gradas al bajar, escucho una voz que me dice desde atrás:

- Mijo, ¿tú si viste ese caimán?

- Jaja, no hermano. Era que avises que estabas aquí para que acolites a buscar. Le respondo.


Se trataba de Diego Real, un viejo compañero del taller optativo del año pasado que en un acto de camaradería, reestableció nuestra comunicación.

- ¿Cómo así te metiste en el taller? Le pregunto.

- Pues.. esto me parece una experiencia de descubrimiento. La ciudad puede ser interpretad desde un enfoque místico, basado en las representaciones de las culturas y las leyendas no dichas de Quito.

- Interesante análisis.

Nos despedimos en la Facso después de un abrazo rápido.


Martes 28, misma hora y personas que la última vez, pero ahora el lugar es diferente. Estamos parados en la vereda de la esquina del Centro de Recaudación ubicado en la avenida Mariana de Jesús. Mientras llegan los estudiantes y José Martí nos mira desde su redondel, el profesor nos dice la razón por la que estamos en ese lugar. Resulta ser el punto prefecto para admirar la pareidolea existente en este sector, término que se refiere a buscar parecidos entre los objetos, personas, o animales. Así fue como después de ver un caimán ayer entre las montañas, hoy se nos aparecía un búho en una ladera, un mono sonriente entre un cuadrado de arbustos, la trompa de un mamút metiéndose en la quebrada de Rumipamba, un cóndor abrazando a sus hijos, un tigre dientes de sable, una serpiente, y finalmente el rostro de Viracocha, formado por la parte rocosa de las montañas, que se encontraba mirando al cielo. Toda la secuencia de montañas le daban frente, nariz y barba al sujeto mencionado.


Tras la explicación, entre las risas y miradas de desconcierto en mis compañeros, se nos indica ir a un restaurante a algunos metros de distancia, con una fachada que rompe con su alrededor, nos da la bienvenida un gato de pelaje suave y café. “Flora” es el nombre que está en las cartillas de precios que nos dan al sentarnos. El panorama del lugar es sencillo y a la vez complejo, pues en las paredes hay una inmensidad de símbolos y objetos que apoyan a la cosmovisión andina. Pero lo más importante además de su aspecto casero e infinidad de plantas es la presencia de 8 cuadros realizados en carboncillo donde se divisan zonas importantes de Quito, pero con la particularidad de que encima está un animal importantes para nuestros antepasados. En un cuadro un puma, en otro una serpiente, en otro un cóndor y, por supuesto, en uno de ellos se observa un caimán que en toda su tranquilidad reposa sobre las montañas del norte de la ciudad.


En cuanto a Flora, este se define como un restaurante permacultural, que ofrece comida vegana cuyos ingredientes jamás han pasado por una empresa o máquina que les inserte químicos. El local se define como un llamado a la salud interna y al respeto a los seres que habitan en la naturaleza, crear una cultura de alimentación en base a la ancestralidad. “Participar menos de este sistema nos hace alejarnos más de la extinción” nos dice el gerente, Alejandro Andrade.


Nos brindan una copa de té de cedrón con un trozo de pan, acompañado de rábano, cebolla, albahaca y sukini. Es tanto el poder de su atractivo que pruebo este bocadillo casi al instante de que me fue entregado. El sabor de los vegetales es muy delicioso, su jugo se vierte en mi boca mientras al mismo tiempo bebo un sorbo del té caliente, el cual no recomendaría en absoluto a quien sea amante de lo dulce. Así fue como cayó la noche entre la alegre tertulia que tuvimos hablando de ecología y nutrición.


Finaliza el taller con una visita a un lugar bastante parecido al primero. Nina Shunku es un espacio tomado por un movimiento “ocupa” está ubicado en el centro de la ciudad, exactamente detrás del anfiteatro del ex hospital San Juan de Dios, ahora Museo de la Ciudad. Apoya el desarrollo y la reivindicación cultural brindando al público una cafetería, teatro, estudio de grabación y hasta clases de defensa personal para mujeres. En su sitio web, explica su misión y visión como colectivo además de publicar los proyectos audiovisuales, elaborados con alta calidad por los propios precursores de Nina Shunku.

Desde el patio de Nina Shunku corre la fría brisa de la tarde quiteña entumeciendo nuestras extremidades, brisa a la cual aplacamos con un té de hierbabuena que nos han dado los administradores del lugar. Llega uno de ellos a recordarnos el porqué del nombre del lugar: ”Corazón de Fuego” mientras halaga a la gran montaña que se encuentra al frente, El Panecillo, que en palabras de los kitu – cara sería Shungoloma.


De toda esta experiencia extraigo una conclusión principal, que todo el lugar que estamos pisando está conectado y detrás de esa cortina de modernidad, está aún viva la ciudad que soñaron nuestros ancestros. En forma de cualquier animal, este Kitu milenario está y estará vigente siempre cada vez que recordemos y honremos a la tierra que nos vió nacer.




 
 
 

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