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Ecos y fantasmas de un salón en ruinas

  • Foto del escritor: Quinto "B"
    Quinto "B"
  • 21 jul 2019
  • 3 Min. de lectura

Redacción: Juan Baldeón


En el corazón de Sangolquí (Cantón Rumiñahui), vive mi abuela Rocío. Las visitas que mi hermana y yo hacemos a su casa son cortas. No obstante, siempre nos detenemos a mirar el gran salón en ruinas ubicado tras el patio principal. Aquel salón es inmenso y, actualmente, está destruido. Mi familia llama a ese espacio “la Chocolatera” por una supuesta similitud con una fábrica de chocolates. Sus paredes alojan cientos de anécdotas y aquel salón, en sí mismo, ofrece una curiosa historia.

Según unos viejos papeles color mostaza, la “Chocolatera” es un espacio de 600 metros cuadrados valorado en 15 000 dólares. Según mi abuela, la última piedra del salón se colocó en 1975 y el primer baile, so pretexto de un bautizo, se celebró allí pocos meses después. En las fotografías del evento, el salón luce hermoso, las paredes blancas como el papel, las luces brillantes como rayitos de sol y el piso como un infinito mar de cerámica. Nadie imaginaba el futuro de tan lujoso espacio.

Las alegrías duraron poco. Mi abuelo murió en 1996, su certificado de defunción marca el inicio de la decadencia de la “Chocolatera”. Su cuerpo fue velado en el mismo salón, a partir de entonces ¿cómo sería posible celebrar algo? La sombra de la muerte se abalanzaba sobre el lugar. Durante años no hubo pretextos para armar fiestas y el abandono, poco a poco, fue corroyendo la “Chocolatera”.

Ya al borde de la decadencia, la “Chocolatera” albergó un último evento: la graduación de Milton, mi primo mayor. “Fue un fiestón, todos nos quedamos hasta la madrugada”, recuerda él. Para entonces las paredes ya se caían, los nuevos bachilleres tuvieron que colocar plásticos en varias esquinas. No obstante, la fiesta fue multitudinaria.

Años después, la “Chocolatera” se convirtió en refugio de una variopinta gama de fantasmas. Allí, gracias a leyendas apresuradamente inventadas, se alojaron esperpentos de baja categoría. Todos ellos, exiliados de las pantallas del cine, tenían como única función custodiar ese salón en ruinas. No vaya a ser que algún guambra, seducido por la curiosidad, entrase a la “Chocolatera”, resbalara en el mohoso piso del lugar y terminase en el hospital más cercano. Al menos así pensaba mi tía Catalina, la artífice de aquellos cuentos.

Ahora, el lugar está destrozado, lo comprobé con mis propios ojos. El techo parece un cernidor, el zinc se cansó de aguantar tanta lluvia y se abrió como una flor vanidosa. El piso está roto, la lisa superficie que antaño recibió tanto zapatazo y baile ahora parece un mapamundi. Las paredes perdieron su blancura, adquirieron hongos y grafitis. Ya ni los fantasmas se sienten cómodos en semejante pulguero. Los gatos perfumaron con orines las esquinas y se fueron. A los miembros más jóvenes de la familia les preguntó:

- ¿Por qué no entran a ese lugar?

“No se puede jugar en medio de tanta basura”, responden apenados.

Resulta penoso vivir sólo los ecos del pasado. En algún momento, las paredes de la “Chocolatera” gritaron, la música retumbó en cada esquina y los coros de las tecnocumbias de moda rascaron el techo, sin embargo, ahora sólo quedan ecos de aquello. Estos susurros del pasado provocan nostalgia en quienes vivieron el momento, pero tristeza en quienes no alcanzamos a degustar aquellos tiempos. Con mis zapatillas viejas sobre las ruinas de la “Chocolatera”, pienso que el mejor momento de nuestra vida siempre es el presente.

 
 
 

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