¡Bienvenidos a este taller de "Comunicación Política Digital"!
- Quinto "B"
- 21 jul 2019
- 3 Min. de lectura
Redacción: Juan Baldeón
El pasado lunes 13 de mayo, la Facultad de Comunicación Social (FACSO) de la Universidad Central del Ecuador, acogiéndose al documento de planificación académica, inauguró la semana de actividades optativas. Yo, todavía con los pies cansados por la fila que precedió a las matrículas, me desperté temprano para asistir al primer día del taller de “Comunicación Política Digital”.
El frío de una mañana de 9º cobijaba a Quito y el sol se abría paso a través de gruesas nubes. Casi en las faldas de las montañas que vigilan a la capital, se alzaba el edificio de la Facultad de Comunicación Social. Adentro, estudiantes y profesores se movían desordenadamente por las escaleras del edificio. Veinte buscaban el aula de su respectivo taller, preguntando de piso en piso. Cinco iban saludando con sus amigos, alzando manos y respondiendo abrazos de piso en piso y, finalmente, había dos que caminaban solos y ajenos al mundo, haciendo sonar el eco de sus zapatos de piso en piso. Yo llegué, sin apuro, preparándome mentalmente para empezar una semana inmerso en la “Comunicación Política Digital”.
Afuera del aula 71, en el penúltimo piso de la facultad, estaban acurrucados siete estudiantes. Todos ellos murmuraban inquietos.
- Oye ve, ¿es este el taller de comunicación, política y no sé qué otra huevada?- me preguntó mi amigo, Francisco Peralta, mientras se levantaba del suelo .
-Hola amigo, sí. Yo leí que tocaba en esta aula- le respondí extendiéndole mi mano.
Francisco me ofreció un caramelo que acepté. Mi amigo Kevin Calderón, levantándose también de su cómoda posición, se nos unió. Llevaba sus lentes pulcros, como de costumbre, y una camisa azul asfixiaba sus brazos. Su voz sonaba animada, pero sus ojos lucían cansados y apagados.
-¿Quién imparte este taller? –, preguntó él, alzándose los lentes, sobándose los párpados.
-El chileno –, le respondió Francisco.
En ese momento, el pasillo quedó sumergido en un silencio como el de los más tristes velorios. El aire se hizo denso, como si de pronto, a los estudiantes allí reunidos no nos separase el aire quiteño sino una masa de cemento (metáfora). Voltearon a ver a Francisco, clavándole los ojos como puñales [Retrato global]. Entonces, Óscar López, un compañero del curso, rompió el silencio.
-¿En serio es chileno ese man?-, preguntó sorprendido.
Les tomó por sorpresa el dato lanzado al aire. Los murmullos se duplicaron. Hasta un chico desconocido, entretenido en desempaquetar un oloroso sándwich de queso, alzó la vista incrédulo. Creo que fue como si Francisco hubiese dicho que el taller lo iba a impartir un extraterrestre, como si los estudiantes no estuviesen preparados para conocer al famoso profesor extranjero de la Facultad.
Apareció en las escaleras el docente Álvaro Cuadra. Llevaba un terno negro, una camisa blanca y una corbata azul. Estaba todo perfectamente combinado. El profesor Álvaro Cuadra esperó pacientemente a que su asistente abriese el aula. En sus gruesas manos llevaba una sombrilla, que se veía insignificante ante la talla de su portador. Las puertas se abrieron. Los estudiantes entramos, nos acomodamos en las bancas. El profesor entró, nos miró a todos y, en medio del nerviosismo de la gente, habló.
-Buenos días. ¡Bienvenidos a este taller!, yo lo voy a impartir. Soy Álvaro Cuadra…así es, el chileno.
Una ola de risas amistosas inundó al salón. El aula se abrigó con la sonrisa de los jóvenes y el docente. Según mi parecer, en ese momento empezó una relación de confianza que, tumbando prejuicios culturales y barreras jerárquicas, nos acompañaría toda la semana.
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