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12 horas de viaje: Rodando en  manada

  • Foto del escritor: Quinto "B"
    Quinto "B"
  • 29 jul 2019
  • 3 Min. de lectura

Crónica realizada por: Jennifer Nicole Gurumendi Cedeño.

Un breve recorrido en las Costas ecuatorianas, recordando como todo ha cambiado, para bien y para mal.

Son las 8:05 de la mañana, entre brisa y un clima cálido, en un pequeño pueblo antes de llegar al Carmen, en Nuevo Israel. Llego la hora de desayunar, paramos en el comedor "La Gatita". De todo el pueblo, el único lugar de camino. Se encontraba lleno de personas. Un bolón mixto con jugo de seco de pollo y jugo de maracuyá, calmó mi hambre. Seguimos nuestro rumbo, nuestra parada final, sería Puerto López, aún a cinco horas de distancia. Empieza a salir un poco de resplandor, mientras escuchamos los éxitos del 2004. Parece que el alimento ha estado poderoso, iban cabezeando, el cadete Bryan Játiva y la Policía Metropolitana Lina Ochoa, mientras el cabo segundo Raúl Játiva en el volante. La niña de ojos grandes Sabrina Molina va junto a mí. Una vegetación verdosa y hasta colorida que se esfumó al ver a seis gallinazos en la vía, acabando de devorar a un perro. Esa imagen no sale de mi mente. Casas de caña, madera y cemento. En la ciudad no es común eso. Árboles de bambú que se entrelazan hacia ambos lados, dan la impresión de una corte de honor. Ya dieron las 11 y llegamos a Tosagua, y teníamos que pasar viendo a una tripulante más en Portoviejo, la ingeniera Lourdes Silva. La cultura de la costa es muy diferente, eso creo se debe al clima y sector. Hombres sin camiseta y chanclas, deambulando por las carreteras. Mujeres en moto, recorriendo el centro, me atrevería a decir que hasta sin casco. Aún rastros del pasado terremoto del 16 de abril en las carreteras. Han transcurrido 3 horas, que prácticamente las he pasado en Portoviejo, caras del pasado conocidas. Nuevos pasajes y calles que ya no son tan familiares. De pueblo en pueblo un clima cambiante, pero siempre cálido. Ahora somos más y tras aceptar la invitación a un plato de parrillada, siento que estallo. Ya en el pueblo Quimis, las vías se encuentran en buen estado, así que ya estoy a un paso de mi destino, entre hierba seca y olor a maíz, está el vendedor de tortillas Manuel Saritama en la vía. Mientras el clima mejora y la música está en su punto máximo se divisa un rayo de luz y una línea celeste que indica la llegada al mar, ya estoy en Puerto Cayo. El olor a pescado es inevitable, así como el deseo de meterme en el agua del mar. En el km 633, pasando el puesto de sombreros, una hermosa vista invade mi camino. Mi vestimenta pegada al cuerpo y mi cara brilla por el calor. Ya se siente esa brisa salada. Estoy en Puerto López, ahí donde cada vacación la pasaba, junto a mis primos. Luego de 12 años es diferente, aunque lo que no ha cambiado es la amabilidad de la gente. Me bajo del carro para subirme a una taximoto y decirle al conductor Segundo Zambrano que me lleve donde “el Peludo”. En lo que me responde:

- Vamos suba nomás, que de camino nos

queda el comedor del “Peludo”, o quiere que la lleve directo a su casa.

Es lo bueno de Puerto López, y ver la cara de asombro de los demás cuando les comento que soy la nieta que vive en Quito, es para impactarse. Su larga cabellera con canas, y rizos, definen “al peludo”, quien realmente se ha ganado el apodo y cariño del pueblo. Uno de los pescadores más reconocidos en este pueblo. Al llegar al comedor, estaba ahí un diminuto animal de cuatro patas junto a Don Jacinto, un pequeño perrito que ladraba sin cesar, cuando se acercaban a “el Peludo”, el pequeño Leoncito. - Hola mija, que gusto verte - dice al verme. - La bendición Don Jacinto. – Respondo. - Los años no pasan en vano, su panza ha aumentado el doble de tamaño, de lo que recordaba, es más, ya hasta mascota tiene. (Entre risas)

Al minuto, sale mi abuelita, mi mamita Gómez a abrazarme, y saludarme. Nada es mejor ni más cálido que volverlos a ver luego de tantos años. Y ahí estoy nuevamente siendo la consentida. La nieta mayor, la futura periodista. Solo que en esta ocasión los demás tripulantes, estaban acompañándome. Un viaje sin igual, mayor parte de los tripulantes, no iban hace años a nuestro natal Puerto López.

Tantas modificaciones, y nuestro primer viaje sin nuestros padres. La misma calidez de hogar, desde que era niña.

 
 
 

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